martes, 17 de agosto de 2021

La gota en el laberinto del escarabajo

de la Rosa Carrera Johanna Maylen

A lo largo de nuestra vida aprendemos sobre acontecimientos históricos que nos parecen lejanos y ajenos pero necesarios para comprender un poco nuestra realidad actual. Curiosamente, hoy nuestra realidad actual es el transitar de un momento histórico que a futuro explicará el presente, vivirla como tal, siendo protagonistas de lo que nos excede, pone en nuestras manos la tinta que escribe la historia.

La pandemia por Coronavirus es un tema excesivo e inmenso, por lo tanto, en los siguientes párrafos abordaré una porción del gigante que nos atemoriza a diario desde hace más de un año. Argentina y el aislamiento social, preventivo y obligatorio, la cuarentena eterna y sus disposiciones, principalmente el aspecto del encierro, el "quédate en casa" que nos piden, imploran y al que nos obligan. Busco a través de este ensayo evidenciar cómo el confinamiento con esas características y llevado al pie de la letra empuja al sujeto, que convive con otros bajo un mismo techo, a una crisis subjetiva. Expondré una serie de aspectos que influyen en los individuos actuales, el acceso y poder de la información masiva, el temor a la situación límite que pone en riesgo la salud y la vida misma, la interrelación en un espacio reducido y en tiempo prolongado con otras subjetividades, el desequilibrio y reorganización forzada de los tiempos y ámbitos personales, la modificación de una cultura que nos caracteriza como argentinos, arraigada desde siempre, que se ve forzada al abandono, la responsabilidad personal, el compromiso grupal, todo ejemplificado a través de una metáfora personal pensada y reflexionada durante el 2020 por la misma persona que hoy redacta este ensayo, sobre el final una respuesta a mi tesis inicial, a la que pude llegar no solo por la reflexión, si no también por la práctica misma.


Escuchamos que al otro lado del mundo una nueva variante de una enfermedad ya conocida no reacciona como debería, escuchamos sobre muertes y sobre su rápida extensión, de pronto ya no son algunos, sino demasiados, mientras que por aquí, transcurría el verano 2020 con normalidad, hasta que la situación se vuelve insostenible, y entonces: una pandemia mundial oficialmente declarada. No sabemos lo suficiente o quizás sabemos demasiado sobre lo incorrecto, las suposiciones, noticias, fuentes no confirmadas, el agobio por información constante e incierta, internet nuevamente jugando una mala pasada (como es costumbre en nuestro siglo actual) y, con la salud sobre la mesa, esta vez la duda se instala con más fuerza que antes. No sabemos casi nada pero estamos seguros de que esta enfermedad arriesga nuestra vida y entonces la percibimos como, según Jaspers, una "SITUACIÓN LÍMITE", ya que pone en riesgo nuestra integridad y nos recuerda aquello que a veces olvidamos: nuestra finitud, expone nuestra debilidad mas grande, nuestra existencia y su fin, que no es más que la muerte misma, y no solo la propia, sino también la de nuestros seres amados; así nuestro sistema de alerta despierta y de pronto todo es peligro, y todos son un peligro. 

El riesgo de lo que podría suceder nos agobia y la doxa [1] aparece, aferrada con más fuerza que antes, en forma de cadenas por WhatsApp y FAKE NEWS que se mezclan y confunden con las fuentes oficiales, información que llega a oídos de todos y sólo algunos distinguen y diferencian, solo algunos separan lo que “es” de lo que “parece” y de lo que dicen, solo algunos indagan mas allá de lo que reciben, unos pocos se dejan guiar por la curiosidad de la duda mientras que otros viven con la permanente incertidumbre o con la certeza de que todo es cierto o todo es mentira asegurando que tienen la verdad, y la confusión se vuelve parte de uno, se instala y se multiplica invadiendo la totalidad, como un virus. Hoy en día estamos rodeados de sofistas que desbordan oratoria, llenos de una increíble capacidad para convencer y escabullirse entre las masas y además desbordantes de un poder que se niegan a soltar, lo que les permite tener el control de todos los aspectos de la actualidad y también asegurarse un futuro perpetuando una ideología en la que siempre los mismos son los dominadores, y justamente son ellos los que exigen al resto de dominados, que somos la mayoría, que les agradezcamos las condiciones mínimas en las que nos permiten vivir, o más bien, sobrevivir.

Transitamos entonces una situación totalmente nueva que además de ser desconocida es peligrosa, sobre la que aún falta mucho por aprender y estudiar, sobre la que aun no tenemos el control y nos encontramos incapaces, entonces debemos esperar e investigar, temer y extremar cuidados, se instala el miedo mientras nos piden paciencia y precaución. Esta nueva normalidad divide otra vez nuestra sociedad, entre los que reaccionan atendiendo a las alertas por un lado, y los que ignoran la posibilidad de que algo les suceda por el otro, nuevamente blanco o negro, nuevamente una dicotomía instalada, los unos no confían en los otros y aumenta el conflicto social de la mano del nivel de responsabilidad que cada uno asume, falta solidaridad y disminuye la confianza necesaria para enfrentar la realidad, necesaria para superar esta situación que nos pone en alto riesgo.

Inicia una serie de disposiciones con el objetivo de forzarnos a ser responsables, desconfiamos tanto entre nosotros que debe existir una ley que nos obligue a pensar más allá de nuestros propios deseos, son como las cuerdas que atan los cuerpos de los prisioneros obligándolos, contra su voluntad y por orden de un superior que no muestra el rostro, a permanecer donde se les pide, a creer lo que se les presenta y a hacerlo en conjunto. Dictaminaron generalidades como si el pueblo estuviera en igualdad de condiciones, decretos homogeneizadores que intentan regular una sociedad absolutamente heterogénea con gran variedad de personas, algunas que tienen la oportunidad de cumplirlos y otras que carecen de la chance. Nos encontramos entre la espada y la pared sin otra opción que borrar de nuestra cotidianidad los besos en las mejillas, los abrazos, el mate compartido y las reuniones dominicales en pos del bienestar común, asumimos que estar dentro de la caverna y mirando hacia un mismo lado es la mejor opción, que todas esas siluetas que se nos permite ver y esas voces que se nos permiten oír son la verdad, son lo que necesitamos y lo único que debemos conocer, de a poco olvidamos el dolor de las muñecas y valoramos la “oportunidad” que se nos brinda de colaborar en algo más grande, nos contentamos con eso, nos consolamos para no sucumbir.

Muy pronto, demasiado desde mi percepción, nos obligaron y encerraron, de cierta forma nos hicieron prisioneros del temor con el lema de que lo mejor es evitar contacto con otros ¿desde cuándo es una buena idea alejar a los seres humanos del contacto mutuo? Todo bajo la premisa de que es necesario para sobrevivir, entonces como estamos en riesgo, obedecimos y al menos al inicio aceptamos que es lo mejor, teniendo en mente la promesa de que el sacrificio de hoy valdrá el futuro próximo, aunque no tengamos la seguridad de cuándo sucedería. Se trata de obligación y deber hacer bajo coerción, reorganizamos nuestro esquema de vida, nuestras prioridades y pretensiones del presente y del futuro, sobre el cual ya nada es certero.

Para abordar la temática que compete al ensayo expondré una metáfora respecto al aislamiento al que nos vimos forzados:

"El escarabajo pelotero empuja con sus patas traseras una pelota que hace él mismo de excremento y la lleva a un lugar seguro, lejos de otros. 

Pero, ¿qué sucede cuando, en un mismo espacio reducido y delimitado, colocamos algunos juntos?

Hay paredes que marcan el límite, y cada uno va empujando su propia pelota, cada uno ve su propia realidad de cabeza, la vista del camino está obstruida y solo pueden oler su propia pelota, solo se dan cuenta que no están solos por el sonido de los demás. Avanzan sin ir a ningún lado, chocan entre si y crece el enojo, la frustración, buscan hacer su pelota más y más grande, pesada y olorosa. 

Después de un tiempo, un escarabajo frena, cansado de la rutina y de ir a ninguna parte, ya sin fuerzas, baja sus patas de la pelota, y puede ver el mundo como es, se aleja un poco y logra ver a los otros y al lugar donde los encerraron, se da cuenta de las paredes alrededor y de lo ridículo que es seguir empujando porque no hay donde más ir. Al alejarse una brisa de aire puro junto al calor del sol llega hasta él y cae en cuenta del hedor de la bola, entonces decide abandonarla en una esquina, asentada sobre la pared y emprende un paseo, intenta hablar con otros para explicarles la realidad que ahora puede ver, algunos lo escuchan, otros lo ignoran y unos tantos reaccionan con ira, pero no se rinde, e insiste. Más tarde que pronto, de a uno van cediendo y se le unen, cada vez son más los que dejan su pelota de excremento en la esquina, hasta que todos se entregan a mirarse a las caras con todas las patas sobre la tierra. 

De a poco, esas pelotas fertilizan el suelo y las plantas empiezan a crecer, aquel cúmulo mal oliente es ahora una montaña que lleva al borde del muro, y aquel que inició el cambio sube a la cima, los demás lo siguen y cada uno a su tiempo, logra salir."

La obligatoriedad del encierro no es sólo permanecer entre paredes, implica reorganizar la distribución del tiempo que decidimos compartir con quienes conviven con nosotros, la balanza redistribuye su peso y el resto de los espacios por fuera queda casi en la nulidad; se mezcla trabajo, estudio y vida familiar con el espacio personal y con la soledad y el respiro que necesita todo ser humano para no sufrir el agobio que implica la vida en sociedad, porque si dejamos al hombre sin un lugar para sí mismo podría perderse. El encierro deja expuesto ante otros esa pelota de excremento que cargamos, se vuelve inevitable y presente, lo propio empieza a mezclarse con lo ajeno y el límite entre lo que es cada uno y entre lo que es el grupo desaparece lentamente, en un intento de llevarnos lejos eso que nos avergüenza pero que es de cada uno surgen los roces que inician los conflictos y la presencia del resto se vuelve incómoda, ineludible e inaguantable. 

Somos prisioneros, pero más que de la caverna [2], de nuestro propio laberinto personal, sin murallas pero completamente perdidos [3] condenados a las paredes de nuestras casas y al desierto de nuestra interioridad, condenados a lidiar con nuestro extravío y nuestras oscuridades. ¿Será que nos acostumbramos a que una aplicación nos diga cómo llegar a donde queremos, y ahora que no existe tecnología que nos enseñe a caminar por nuestro propio Sahara interno estamos destinados a morir de sed? 

Las herramientas tecnológicas en tiempos de hoy son un vaso de agua dulce que nos permite sobrevivir pero nos deja con sed, nos acercan a aquellos que quedaron sin tiempo asignado en esa redistribución forzada, a quienes cuidamos con nuestra ausencia, y dieron inicio a una dependencia virtual en la mantención de las relaciones y de las comunicaciones, dio paso al exceso y la presencia constante de pixeles que reclaman atención, todo superficial y absolutamente sensible, todo sentidos y nada de ideas [4]. Se trata de otro laberinto del que no podemos escapar, uno que nos acerca y nos aleja, nos enfría, nos simplifica, informa y mal informa, una ambigüedad que se instala y entonces multiplica cualquier sentimiento para bien o mal logrando distraernos de lo único que realmente puede salvarnos: el reconocer nuestra propia ignorancia sobre la realidad y sobre nosotros mismos, el pensarnos y el pensar nuestro mundo, aceptar que sólo sabemos que no sabemos nada realmente, que aquello que afirmaba Sócrates aún sigue vigente, debemos aplicar la Mayéutica [5] con más fuerza que nunca porque hoy en día todos dicen tener la verdad y todo eso debe ser puesto en duda.

Basta con ser el escarabajo que se frena para hablar con los que nos rodean, o ser el que escucha atentamente, con abrirnos primero con quienes compartimos las paredes y el hedor, con confiar en el que tengo al lado y contarle sobre mi laberinto para hallar la salida, sobre el dolor por empujar aquella pelota, sobre la frustración de no avanzar, basta con dejar fertilizar el suelo que compartimos juntos y encontrar la salida como grupo, avanzar hacia delante y en compañía apoyándonos mutuamente, basta con que los prisioneros no maten al que parece loco y decidan seguirlo cuesta arriba [2].

En conclusión, frente a los nuevos retos personales y grupales que surgen en el actuar social de nuestra realidad actual debemos tomar una posición similar al esquema del ciclo del agua que nos enseñan de pequeños, cuando una gota de lluvia cae a veces le toca recorrer algunos caminos más largos que otros, más difíciles, complicados y engorrosos, pero al final, tarde o temprano, todos la llevan a la misma meta que no es más que el inicio que alguna vez fue y debe recomenzar nuevamente, de la misma manera nosotros también regresamos al punto de partida pero un poco más sabios y fuertes, un poco mas nosotros mismos pero conscientes de que aún falta mucho, volvemos a iniciar queriendo más de todo lo que nos da el vivir y así emprendemos camino otra vez, con más ganas que antes, dispuestos a enfrentar un nuevo reto. Desconocemos lo que nos espera pero conocemos lo que esperamos y la salida de cualquier crisis depende del posicionamiento que tomamos frente a la misma, frente al camino que nos toca o elegimos recorrer, depende de nuestro hacer y pensar individual y grupal, somos quienes decidimos escalar la montaña o quienes colocamos salida a los laberintos. 

Cuando conocemos lo que esperamos, nada de lo que realmente nos espera nos detiene, nos extravía, ni nos estanca.


[1] Refiere a opinión, en la Teoría de las ideas de Platón.

[2] Referencia a la alegoría de la caverna de Platón.

[3] Referencia al cuento Los dos reyes y los dos laberintos Jorge Luis Borges

[4] Referencia a la Teoría de las ideas de Platón

[5] Método de pregunta irónica y refutación utilizado por Sócrates 

Bibliografía: 

Karl Jaspers: Que es la Filosofía 

Paukner Nogués, F.: Sócrates y la Filosofía Griega, A Paste Rei.

Carpio, A.: Principios de Filosofía, Ed. Glauco, Buenos Aires, 2004