Nacemos en un mundo que ya tiene sus propias reglas,
rodeados de personas que las cumplen, modifican e ignoran a su antojo,
con ojos inocentes, alma pura y sonrisa ingenua,
regalamos ternura a cambio de halagos que no pedimos,
llevamos desde antes de existir el peso de expectativas ajenas,
y sin saberlo empezamos a pagar las cuotas de vivir.
Y el mundo tan colorido empieza a desteñirse,
las flores dejan de oler bien y las sombras parecen amenazarnos,
la oscuridad se viste de enemiga y un cachorro de lobo feroz,
los halagos suenan falsos y a nuestras espaldas otros pasos hacen eco,
los rostros que alguna vez sonrieron cambian su expresión,
y los pájaros dejan de cantar sus dulces melodías,
ni la brisa es cálida ni el aroma a libertad es cierto,
ahora el viento no se lleva hojas sino promesas de lealtad y sinceridad.
De pronto amigos se esfuman y aparecen en la acera de enfrente,
y las manos que se extendían amables cargan puñales y manchas de sangre,
no encontramos historias felices, ni personajes puros y reales,
el sol no brilla y siempre es un gris y oscuro invierno.
Vemos a la gente pasar alrededor preguntándonos si sus vidas son tan desgraciadas como la nuestra,
o sólo nosotros vivimos en la penumbra,
¿qué puedo decir yo? ¿qué puedo saber que otros no?
Nada, no hay secreto, es la vida y no hay más que superar.
Debemos saber que la luz que ingrese algún día por nuestra ventana será real,
y apreciaremos su calor mucho más que nunca, mucho más de lo usual,
le devolverá el color a la piel y a todo lo que nos rodea,
le devolverá a nuestro rostro la sonrisa que extrañamos,
porque se atesoran más esos rayos después de los días nublados,
piensa que sin tormentas que hidraten la tierra la flor no puede crecer nunca.
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