martes, 5 de diciembre de 2017

Noche de insomnio

De mi reloj pasan las once de la noche. Por los barrotes del ventanal ingresa tímidamente la luz anaranjada de aquel foco tambaleante que reposa en medio de la calle y que en su suave movimiento transforma las sombras  en monstruos acechantes de ojos rojos dispuestos a saltar sobre cualquiera que, inflando su pecho de valentía, cruce por delante.
Inmóvil desde las diez, sin quitar la vista y controlando mi respiración, me mantengo pendiente de que no se filtre por los bordes que deja la madera, la espesa niebla embriagadora, esa que empaña el vidrio de la ventana haciendo garabatos  y los borra antes que alcance a distinguirlos. Los árboles parecen ser cómplices de la noche ocultando tras de sí trozos del cielo y obligando a la luna a escabullirse a algún rincón lejano que sí pueda iluminar.
Aquí dentro se hace eco el latir de mi corazón, viaja el sonido hasta mis paredes y regresa tajante cortando el aire que nutre mis pulmones. Marcan las doce y no hay campanadas ni tic tac, la vista fija empieza a titubear y el vaivén de la luz de afuera acelera su paso, el viento se oye soplar pero las hojas de los árboles permanecen tiesas en su lugar, se niegan a volar. Un falso estruendo emula al trueno y el cielo despejado, sin una nube que lo vista, parece ser el escenario equivocado. La niebla que cubría como un manto la superficie penetró el césped  matándolo lentamente dejando a flor de piel la tierra seca y dura que empieza a abrirse gritando para sus adentros en tono agudo, imposible de escuchar. El aullido de una jauría dede perr rompe el cristal que me separa de todo aquello, y llega hasta mi el olor putrefacto de mil cadáveres apilados cruzando la calle, son los cuerpos de esos canes pidiendo auxilio o anunciando el inicio de la tempestad. 
El calor roza mi piel, parece encender un fuego desde mi interior, afuera veo caer nieve sin derretirse y acumularse  rápidamente como montañas cubriendo por completo el lugar, sé que son las dos. En la completa oscuridad siento la tensión, el sudor no es por el calor, estoy segura. Llevo mi espalda hasta la pared más cercana y decido sentarme lentamente en el suelo fresco bajo mis pies y cubriéndome con la sábana gris, que dejé a mano, me dispongo a vigilar tras de sí. No me permito cerrar los ojos, y veo atentamente a través de los hilos de la tela. Puedo distinguirlo en el rincón esperando que los párpados me cubran los ojos, camina sobre los charcos de agua dispersos en la habitación, rezonga de tanto esperar, impaciente e inquieto, me deja sentir la furia en una especie de conexión eléctrica que flota en el aire.
El agua acaricia mi mentón y hago un esfuerzo para mantenerme en puntas de pie y poder respirar, la nieve se derritió y ahora inunda el lugar, el frío rompe mis músculos y comprime las venas congelando mi sangre; son las tres y ahora siento como nada a mi alrededor bruscamente creando olas que golpean mi rostro. En un segundo me veo sumergida y el miedo comienza a gobernar, logro impulsarme hacia arriba otra vez y una bocanada de oxígeno llena mis pulmones, la desesperación se hace ineludible. Una carcajada se desprende de una burbuja al otro extremo del cuarto, de pronto un hueco deja caer dentro de sí todo lo que me rodeaba. 
Caigo de golpe sobre el colchón de mi cama y sobre mí la sábana gris como plomo presiona mi pecho y mi garganta obstaculizando el respirar, lucho por mover mis manos y quitármela de encima pero éstas no responden; se escapa de mis labios el último sonido de aliento y  es entonces cuando una ráfaga se la lleva y me permite inspirar una vez más.
La lluvia cae muda y recta desapareciendo antes de encontrar destino, los pasos del pasillo indican que son las cinco y el reflejo en el espejo me enseña atrapada en un mundo demasiado irreal para ser verdadero. Se alza frente a mi y rasca su piel arrancándosela, pasea las yemas de sus dedos sobre los músculos al rojo vivo para luego  acercarse y colocar su frente sobre el espejo; la sangre traspasa y logro sentirla también, me alejo dando un paso hacia atrás, ignorándola volteo dándole la espalda, siento el golpear de sus puños hasta romperlo en mil pedazos. En uno de aquellos trozos logro ver mis ojos y acto seguido pesa la oscuridad.
Inmóvil otra vez fijo la vista en la ventana, el vaivén del foco anaranjado tiene su ritmo habitual, la sábana empapada de sudor  se pega en mi piel resultando incómoda e inaguantable. La brisa de verano ha resuelto hoy no aparecer, quizás mañana visite unas horas de mi noche, sabe que la esperaré.





Nota: este texto fue subido a mi cuenta de Wattpad y tiene fecha de 25 de octubre del año 2016.


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