miércoles, 1 de noviembre de 2023

Ensayo sobre Psicopedagogía

 SOBRE EL FILO DE LA EDUCACIÓN

Los desafíos de ser enseñante

de la Rosa Carrera Johanna Maylen


A medida que avanzamos en el acceso al conocimiento que desconocemos, es decir, en el proceso de aprehender lo nuevo e incorporarlo, en el dejar atrás la ignorancia: la visión del mundo que rodea nuestra cotidianeidad se transforma, llevándonos desde el asombro por el descubrimiento, a través de la duda por lo que vendrá, hasta llegar a la consciencia de lo peligroso que puede ser dar un paso en falso, mientras transitamos sobre un filo que puede cortar cadenas o lastimar los pies, impidiendo el caminar. Sobre este último aspecto se enfoca el presente ensayo.

El concepto de “educación” al que refiero en esta oportunidad no se limita al institucional, es considerado en sentido amplio aunque, por supuesto, incluye al anterior, pero apunta a las situaciones diarias de enseñanza-aprendizaje que forman parte de la vida cotidiana de cualquier ser humano, sin importar su edad ni sus características individuales; al igual que se considera a cada sujeto tanto desde el lugar de enseñante como el de aprendiente, en un interjuego constante y propio de las exigencias de adaptación a las circunstancias del día a día.

Partiendo siempre desde la teoría y transitando la práctica, en las experiencias comunes del vivir nos ubicamos de un lado o del otro de la triada educativa, en ocasiones de manera forzosa o deseante, obligados por las circunstancias o como consecuencia colateral, a veces aprendientes y a veces enseñantes. De ambos lados, existe una responsabilidad ineludible asociada al conocimiento que media entre ambos roles, es en la manipulación de éste donde radica el temor ante su peso.

Colocando el foco en la asunción directa o indirecta del rol de enseñantes, es necesario destacar la responsabilidad que viene asociada a dicha posición, sea de tipo primaria -considerando enseñantes a aquellos asociados a un papel estrictamente educativo de tipo formal, por ejemplo ejercer como profesor o maestro; o informal, como ser el adulto a cargo del ejercicio de la función materna o paterna en la crianza de un sujeto-; o de tipo secundaria -perteneciendo a esta categoría aquellos que en situaciones aisladas deben ser transmisores de conocimiento. 

La responsabilidad a la que se hace mención adquiere relevancia al involucrar indefectiblemente la propia subjetividad al momento de ejercer dicho posicionamiento. Como seres humanos, atravesados por antecedentes histórico-libidinales, por variables internas y externas, por contextos socio-históricos diversos, nuestras modalidades son infinitamente heterogéneas y oscilan entre el extremo saludable y el patógeno, entre lo común y compartido socialmente y lo despreciado e ignorado por diferente. 

Tomando como referencia la teoría de Alicia Fernández (2003), la Modalidad de Aprendizaje de cada sujeto está ligada a la Modalidad de Enseñanza impartida por su entorno significativo a lo largo de su vida, se trata de una dialéctica que, particularmente, tiende a la repetición y la ejercemos de manera consciente e inconsciente en nuestras relaciones vinculares. Esta tendencia a la repetición debe ser abordada adecuadamente para evitar ser cómplices de cadenas reiterativas de violencia secundaria que imprimen o despiertan huellas mnémicas asociadas a la angustia en el otro.

Para comprender el fundamento de nuestras acciones, pensamientos, conductas y emociones, asociadas al proceso educativo, es necesario iniciar una introspección y una revisión personal de nuestras Modalidades de Aprendizaje, efectuando una lectura objetiva de los propios modelos internos, partiendo de la comprensión del proceso que los constituye, considerándolo como conformación de aquellas experiencias vividas a lo largo de nuestra historia individual a las que se enlazan cargas afectivas de investimento y desenvestimento libidinal que generan situaciones de disfrute y atracción, o por el contrario, de rechazo y evitación.

Educarse uno mismo, partiendo del autoconocimiento y el autoanálisis nos brinda la posibilidad de romper con modalidades que fracturan nuestra actividad simbólica, y, secundariamente, obturan las posibilidades de conocimiento de otros.

Ser capaces de realizar este tipo de análisis exige un conocimiento primordial de teorías que no son de interés público ni de acceso cotidiano. Junto a este saber debe disponerse del coraje que implica revisar el pasado, la historia propia y las ajenas; destapar y re-velar secretos ocultos, indagar en las razones profundas, preguntar y preguntarse sobre las certezas instauradas, son todas actividades que sacuden las bases de nuestro psiquismo.

Madres, padres, hermanos, docentes, jefes, profesionales de la salud, medios masivos de comunicación, en definitiva, todo aquel que ejerce de enseñante deja una pincelada sobre el lienzo de la subjetividad ajena y por más mínima que sea, forma parte de una gran obra maestra hacia el interior de cada aprendiente.

Cuando inició mi trayecto en esta carrera, caractericé a la figura del psicopedagogo como un traductor de todo aquello que perturba el aprendizaje. Me gustaría retomar el calificativo para ubicarlo como el traductor de esa obra maestra abstracta que el ojo común no puede comprender, por más focos que la alumbren y miradas que la juzguen; de ese cuadro que es pura expresión y que despierta la más variada gama de sentimientos ante la frustración de no lograr conocer su verdadero significado, el traductor frente a la obra contextualiza al artista.

La responsabilidad es mayor para quienes somos conocedores de la teoría. Nuestro papel es fundamental al momento de posibilitar y propiciar espacios que den lugar a la autoría de pensamiento, sosteniendo el eje de trabajo en torno a la necesidad de cada sujeto, respetando la individualidad y propiciando la escucha, observando con ojo clínico lo manifiesto y lo latente, teniendo presente que la realidad es heterogénea y diversa y, muchas veces, excede cualquier informe, asumiendo una posición flexible y abierta a las posibilidades e imprevistos nos permite acompañar al sujeto, inmerso en su circunstancia, desde la confianza y la seguridad. 

Tener en claro la propia historia libidinal y conocer nuestras modalidades posibilita la adaptación y la revisión de nuestros modos; reconocer nuestras potencialidades y limitaciones nos ayuda a la hora de presentarnos como enseñantes, posibilitadores y mediadores entre la angustia del otro y las razones subyacentes que son necesarias tramitar. Comprometerse responsablemente desde el lugar que nos compete e involucrarnos desde una perspectiva saludable, teniendo de guía los principios que nos brinda la formación académica, repensarnos e instalar la duda diariamente como autocrítica objetiva, serán posicionamientos frente a la práctica que den lugar a ser conscientes de los cambios psíquicos que tenderemos a propiciar.

Las obras de arte expresan las profundidades del artista. Aquellas que nos tocan traducir llevan su nombre, pero no son sus trazos, detrás de esas intervenciones ajenas se encuentra el verdadero autor, con el pincel en la mano, deseando comenzar a mostrar su propio lienzo, es decir, a plasmar su mundo interno.


Ensayo presentado en la 16° jornada de Psicopedagogía del Instituto Decroly.

Referencias bibliográficas:

Auglanier, P. (1977). La violencia de la interpretación. Amorrortu. Buenos Aires

Fernández, A. (2003). Los idiomas del aprendiente. 1º ed. Nueva Visión. Buenos Aires.

Schlemenson, S. (2001) Niños que no aprenden. Comp. 1° ed. Paidós. Buenos Aires.

Ziperovich, C. (2010). Aprendizajes. Aportes para pensar pedagógicamente su complejidad. Ed. Brujas. Córdoba

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