Ese mismo día, un par de horas más tarde ellos se fueron, sabía que volverían tarde. Fue entonces cuando entré a su casa con la llave que guardaba tras el arbusto de la entrada, empecé a cocinar su comida favorita, en una de aquellas charlas había mencionado y desde allí no se me olvida, encendí unas velas y prepare la mesa para 3.
En la puerta de entrada, por el lado de afuera, los esperaba una canasta con unas cuantas galletas caseras que había preparado yo misma siguiendo la receta familiar pero agregando una gran cantidad de un ingrediente sorpresa: clonazepam, para que durmieran pronto. Se las comieron casi todas, sobre ellas posaba una nota en la que excusaba que eran a modo de agradecimiento por unos favores que él me había hecho. Confiaron rápidamente.
Al cabo de unos minutos vi por la rendija de la puerta de la cocina que ambos se sumieron en un profundo sueño. Tuve que llevarlos hasta el comedor, los senté y con una soga los até a las sillas, acto seguido los amordacé para evitar que gritaran.
Al despertar no entendían nada, aún estaban algo somnolientos, les serví la comida y con una gran sonrisa les dije en tono alegre:
-¡A comer!
Pero al parecer no tenían hambre. Ella lloraba y se movía desesperadamente, le dije en tono gentil y susurrándole al oído que no iba a hacerle daño, él también se movía mucho; tal vez querían desatarse.
No paraban de inquietante con sus sacudidas y sus fallidos intentos por escapar, quería hablar con ellos como personas adultas que somos pero era imposible porque ambos se comportaban como niños. No soportaba las interrupciones de sus gemidos y no me quedó otra opción que amenazarlos para que guardaran silencio.
Se hacía tarde y la paciencia empezaba a desaparecer de mi cuerpo , como los minutos que pasan y se pierden en el ayer imposibles de recuperar.
Tuvimos una larga charla una vez que lograron callarse, en realidad fue mas un monólogo ya que sólo yo hablaba y ellos escuchaban. En un momento recordé que había preparado un postre y fui a buscarlo a la cocina demorándome unos minutos, al regresar ella me sorprendió empujándome contra el ventanal que se rompió en mil pedazos abriendo heridas en mi espalda con los cristales. Me encontraba en el suelo junto a restos de vidrios y trozos de aquella tarta ya irreconocible, vi que ella corría hacia él para desatarlo, fue entonces cuando me levanté velozmente y con un trozo de vidrio en mi mano derecha me dirigí hacia ella y clavándoselo con violencia le puse fin a su vida. Recuerdo que inútilmente intentó quitárselo, pero ese ingenuo acto sólo aceleró lo inevitable.
Alcé la cabeza y me dispuse a ir hacia él, vi que le caían lágrimas por las mejillas, lloraba desconsoladamente como un niño pequeño, frágil, débil y perdido; le sonreí. Saqué el cuchillo que había ocultado bajo la mesa, era de un tamaño un poco exagerado lo sé, se lo mostré esbozando una mueca algo cómica y en ese momento su mirada expuso ante mis ojos cuán asustado estaba; una pequeña y casi muda carcajada salió de mis labios.
Fui a la cocina, encendí la hornalla y coloque sobre ésta el cuchillo por un largo rato; la apagué y regresé. El cuchillo era color fuego y ardía tanto como el infierno mismo, entonces él llevó sus ojos hasta mi y luego al utensilio, me le acerqué lentamente disfrutando cada paso y cada centímetro que me llevaba hacia su lado, le sujeté el rostro fuertemente y coloqué el filo sobre su mejilla dejando la huella del amor eterno en él, luego en mi. Intentó gritar pero fue en vano, su garganta estaba siendo abierta de lado a lado con suma lentitud, su sangre brotaba como una cascada termal, caliente y con violencia, empapé mis manos en ella disfrutando su ligero espesor y la llevé a mis labios.
Me ubiqué frente a él, los dos sentados al rededor de la mesa tuvimos una charla más íntima por unos momentos, me lavé las manos y lo llevé hasta su habitación, para posarlo en su cama, lo cubrí con una frazada, de pronto la noche se volvió helada. Regresé por ella y la arrastré hacia la parte posterior de la casa, encendí una fogata y deje que el fuego hiciera lo suyo sobre su cuerpo, el humo negro invadía el firmamento y creí oír a lo lejos su aguda voz, pero respiré tranquila porque sabía que sólo era mi imaginación, ella ya no estaba, aquella llama había desaparecido consumándose a sí misma.
Después de limpiar la sangre derramada volví hacia el cuarto donde él dormía y me recosté a su lado en la oscuridad de la noche, abrazándolo fuertemente, diciéndole cuánto lo amaba. Observé a través de la ventana de la habitación las luces del alba, fue cuando marqué en mi celular el número de la policía, les conté todo lo que sucedió de manera muy resumida sin responder preguntas y corté.
Sabía que llegarían pronto, asi que me dispuse a seguir durmiendo al lado del amor de mi vida.
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