Era una hermosa noche de verano, la luna brillaba en el firmamento como nunca antes, las estrellas resplandecían con casi igual similitud. La luz que proyectaban estos astros se abría paso por entre las blancas cortinas del ventanal roto de la sala para iluminar esos rostros ensangrentados que yacían en el parqué color caoba.
Me encontraba en la cocina un poco nerviosa y bastante pensativa. Dejé el agua del grifo correr y lavé mis manos para luego continuar con lo siguiente en la lista, el agua parecía llevarse todo el odio dejando en mí sólo paz y tranquilidad, su pureza me daba liberación y parecía aceptar y perdonar mis confesiones más profundas, mudas pero presentes.
Había esperado con ansiedad aquella noche, tenía todo preparado, todo listo. Procuré seguir al pie de la letra que plan que había pensado aquella tarde, no puedo soportar que las cosas no se den como estaban planeadas, por lo que me exijo a mi misma obediencia absoluta, no había margen para errores. Lo construí con suma delicadeza, intentando analizar y prever cualquier fallo que podría ocurrir, ya saben que todo es posible y la Ley de Murphy es siempre una opción que puede darse.
Sentía conocerlo de toda la vida y posiblemente de otra vida también.
Conocía su rutina, conocía cada minuto, cada actividad, cada llegada y cada salida. Lo conocía muy bien. Sé que se preguntarán "¿por qué?", la respuesta es sencilla: él me cautivó desde el momento en que lo vi y no pude dejar de pensarlo nunca, aún no descubro qué fue lo que me atrapó de tal manera... Quizás sus enormes ojos color café que parecían iluminar cada recóndito rincón de mi alma, quizás su piel blanca inmaculada que se enrojecía luego de unos minutos bajo el sol, quizás su cabello negro como la noche que caía de manera seductora sobre su frente, o quizás la forma en la que sonreía con sus relucientes y perfectos dientes, quizás.
Quizás fue no saber qué me atraía de él lo que me llevó a hacer lo que hice, pero déjenme decirles que jamás en mi vida había sentido tanta atracción y tanto amor por nada ni por nadie, puede sonar a locura pero lo cierto es que estábamos destinados el uno al otro. No me arrepiento de absolutamente nada, lo volvería a hacer una y mil veces hasta encontrar una respuesta a esta pasión incomprendida.
Mucho tiempo fuimos amigos, 3 años exactamente, y durante todo ese tiempo me esforcé por pasar la mayor parte junto a él. Recuerdo que cada mañana sin falta, cuando salía para dirigirse al trabajo, yo me encontraba en el jardín de mi casa para despedirlo agitando la mano y cuando llegaba lo esperaba en el mismo lugar y lo saludaba de la igual manera. Pero definitivamente nuestras mejores charlas eran los encuentros"casuales" en el supermercado en donde hablábamos sobre el clima, sobre los productos que nos hacían falta en nuestros hogares o los precios de éstos, vale mencionar aquellas veces que cruzaba la calle para pedirle algun pequeño favor o que me prestaste alguna tontería que , en realidad, no necesitaba, cualquier excusa era buena para verlo por unos minutos y escuchar su voz; nuestra amistad fue de las mejores que tuve. Así, poco a poco, me obsesioné con el cada vez más, y no voy a mentirles: lo amaba y lo amo aún.
Todo entre nosotros marchaba de maravilla, un día, en el que el sol brillaba en lo alto y no se divisaba ni una nube en el cielo, él llegó en un auto gris, como de costumbre lo saludé con una sonrisa y me respondió, siguiéndolo veo que bajó del vehículo una mujer.
Era pelirroja, de tez morena, su rostro era extraño pero cautivador, con pómulos sonrojados y demasiado marcados que continuaban en un mentón tan fino como la cabeza de una serpiente, sus labios de rojo vivo esbozaban una gran sonrisa y sus ojos verdes como el césped en primavera me miraban, vestía un vestido anaranjado como el crepúsculo, al cuerpo y largo hasta los tobillos que dejaba al descubierto las negras sandalias de altura extravagante. Similar a una llama que va a incendiarlo todo, extremadamente llamativa, tentadora y peligrosa. Alzó su mano repleta de joyas y la agitó. Me saludaba. Respondí con sutil desprecio esbozando una sonrisa forzada mientras juntos entraban a su casa de la mano. En ese momento sentí escuchar un estruendoso trueno y creí ver la luz destellante de un relámpago, alcé la vista y los rayos de sol me deslumbraron; seguía despejado.
Aquel día sentí odio, pero no hacía él, era hacia ella, aquella alta figura que ocultaba el veneno de su interior tras el disfraz de joven exquisita había despertado en mí sentimientos que empezaban a dominar mi ser por completo, originarios de sectores oscuros que creia inexistentes, sabía que eran peligrosos. A partir de ese momento todo cambió, mi obsesión tomó otro rumbo, ahora no sólo me importaba él, ella también. Quería conocer qué le agradaba de ella, qué le gustaba, sentir la necesidad de encontrar el motivo por el que estaban juntos.
Cansada de tanta incertidumbre decidí redactar un plan, que fue el que llevé a cabo.
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