Afuera la noche invade cada rincón y el viento violento se cuela entre los árboles del jardín y los agita hasta casi arrancarlos de raíz, una nube gris apresura su paso bajando por la montaña más lejana y la atmósfera toda se vuelve triste e impenetrable.
Espera junto a la puerta el girar de la llave, juega con sus dedos y por dentro ruega que la tormenta no se desate dentro, otra vez. Se oye el sonido del metal girando y velozmente él ingresa seguido del murmullo de la tempestad. Arroja las llaves sobre la mesa, y se dirige directo a la heladera de donde saca un trozo de carne de hace un par de días atrás endurecida por el frío, una botella plástica de agua y un tomate a medio pudrirse, coloca todo sobre la mesa y se dispone a cenar.
Ella sentada enfrente conserva casi el mismo silencio que su compañero, mira sin parpadear cada movimiento y cada bocado, casi ni se la oye respirar. Se levanta de su lugar y se ubica de pie junto a él, coloca sus manos sobre sus hombros y el mentón en su cabeza, haciendo bailar sus cabellos al compás de su respiración.
Él se ha detenido, observa por unos segundos como hipnotizado el televisor apagado y se pone de pie encaminándose hacia el control remoto; ignorándola por completo y dejándola ahí parada, sin siquiera voltear a verla, se ubica en el sofá y enciende el artefacto.
A un volumen exagerado la voz del narrador del partido retumba en las paredes y hace vibrar los cristales de las ventanas. Afuera llueve una barbaridad, la tormenta se encuentra en su cúspide y la luz fugaz de los relámpagos aparece por pequeños instantes atravesando las cortinas verdes, los truenos apenas son perceptibles.
Ambos fingen disfrutar mirando la pantalla, fingen disfrutar la compañía y fingen que no se mienten a si mismos.
Bruscamente él se levanta del sofá y se dirige nuevamente hacia la heladera, de reojo ella lo observa atenta. Una botella de vino barato y un vaso lleno casi hasta el borde es lo que lleva hacia donde se encontraba minutos antes, ella ya sabe lo que vendrá, su piel sintió que la tormenta ya estaba ahí sobre ellos a punto de invadirlos por completo.
El veneno desaparecía llenando un vacío infinito, desaparecía dejando a su paso un infierno insoportable del que no podía librarse ni él ni ella, mucho menos ella que era protagonista siempre en esa ocasión.
Los gritos son quienes se apoderan del lugar y se establecen como dueños y señores de cada centímetro de aquellas cuatro paredes, invaden todo y la invaden por completo, están en su cabeza y son propietarios de su ser. La botella vacía estalla contra una pared y los cristales caen al suelo en un agudo compás, víctima de impotencia, resultado de la rabia y el dolor.
Ella está allí, inmóvil como cada día, sin decir una palabra y bañada en su propio llanto incapaz de calmar furia, sus inútiles intentos siempre han sido ignorados con brutalidad. No hay nada que pueda hacer más que esperar y aguantar.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario